La metadona es un opiáceo sintético que se utiliza en medicina como narcótico y analgésico, pero su principal uso es para reducir los síntomas de abstinencia en personas que se encuentran en proceso de desintoxicación del consumo de opiáceos (en especial la heroína, la codeína y la morfina), ya que sus efectos secundarios son más leves.

La metadona se consume por vía oral o intravenosa y se suele administrar a personas que no consiguen mantener la abstinencia sin la ayuda de un sustitutivo. Aunque el consumo de esta sustancia sólo se mantiene durante unos meses, a veces el tratamiento se prolonga de por vida para prevenir el consumo de otras sustancias más peligrosas.

En estos casos, el consumo puede reducir la capacidad respiratoria y alterar el ritmo cardiaco. Por el contrario, si se interrumpe su consumo de manera repentina, puede provocar taquicardia, temblores, sensibilidad a la luz o ansiedad.

Durante los últimos años, el uso de la metadona también se ha aplicado para tratar el dolor crónico, especialmente el neuropático (una tipología de dolor muy intenso, permanente y que aparece sin ningún motivo aparente). En estos casos, usar metadona es lo más recomendable, ya que sus efectos son más duraderos que otros opiáceos y por lo tanto, reduce la frecuencia de administración y su potencial adictivo.

En casos de sobredosis, los efectos de la metadona pueden durar alrededor de un día. Sus principales efectos secundarios son la sudoración, convulsiones, dificultad respiratoria y alucinaciones. Por lo tanto, pueden aparecer complicaciones que provoquen pérdida de consciencia, discapacidad permanente o incluso la muerte si se ingieren dosis elevadas de este fármaco.

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