El vínculo entre alcohol y cocaína consumidos sucesivamente produce efectos devastadores. Las personas adictas a una de estas dos sustancias pueden recurrir a la otra para calmar el “mono”. Es decir, alguien puede necesitar del uso de cocaína para evitar los efectos “bajonadores” del alcohol o necesitar el alcohol para bajar el estado de alteración que produce la cocaína.

Efectos del consumo de alcohol y cocaína

El consumo desmedido de alcohol produce:

  • Sensación de agotamiento, fatiga y somnolencia
  • Disminución del ritmo cardíaco y de la frecuencia respiratoria
  • Menor atención y coordinación psicomotriz
  • Disminución de la temperatura corporal

El consumidor, con un uso consecutivo de cocaína, busca reactivar su cuerpo, su mente, bajo la concepción de que por medio de esta sustancia conseguirá un estado de mayor “estabilidad” y recuperará funciones “dormidas”.

El consumo de cocaína, en cambio, produce:

  • Sensación de euforia y energía (hiperactividad, excitación física y mental)
  • Aumento del ritmo cardíaco y de la frecuencia respiratoria
  • Falsa sensación de mayor rendimiento, éxito y autoconfianza
  • Aumento de la temperatura corporal

Con estos efectos, las consecuencias depresoras propias del “bajón” que se produce en la etapa final del episodio de ebriedad quedan contrarrestadas. Este estado de hiperestimulación generado por la cocaína puede producir taquicardia, alucinaciones, ataques de pánico, agresividad o insomnio, y se recurre a la ingesta de alcohol para disminuir la sensación de pérdida de control.

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